Guaymallén: el muerto se ríe del degollado

Por Néstor Bethencourt
Marcelino Iglesias reapareció justo cuando la gestión de Marcos Calvente cruje por todos lados. Pero no volvió para ordenar nada. Volvió para despegarse del desastre que ayudó a construir, mientras el actual intendente administra la crisis con incapacidad, negacionismo y silencio.
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La escena llegó pocos días después de que Ecos Mendocinos pusiera sobre la mesa una pregunta incómoda: si la continuidad de Calvente ya no debía empezar a discutirse abiertamente. Hay puestas en escena que, de tan prolijas, terminan siendo obscenas. Lo ocurrido la semana pasada en el comité radical de Guaymallén no fue sólo un acto por el Día del Militante. Fue una escena política cuidadosamente armada, donde quedó expuesta una fractura que ya venía madurando y donde volvió a verse la debilidad de un Marcos Calvente cada vez más solo.
Nada fue casual. La primera fila vacía, reservada hasta último momento, funcionó como un mensaje silencioso. En esa organización estuvieron Adriana Pennesi y otros armadores. Minutos antes del inicio, esa hilera fue ocupada por Marcelino Iglesias y su círculo más cercano. No fue un descuido. Fue presión interna. Una forma de marcar presencia sobre un oficialismo que ya no logra controlar ni su propia escena. Como si hiciera falta subrayarlo, un video del ingreso de Iglesias al comité con un audio de fondo crítico de Calvente termina de mostrar que su vuelta no busca ordenar nada: solo busca despegarse.
El ingreso de Marcelino fue desafiante, cargado de gesto y claramente innecesario. Entró junto al concejal Ezequiel Genovese y a Juan Manuel García, que prefirió moverse con muy bajo perfil y mantenerse alejado del centro de la escena, mientras adentro se producían otros gestos igual de pesados.
El saludo central, especialmente marcado con Silvia Donati, directora de Desarrollo Social y concejal electa, no pasó inadvertido. Donati no sólo juega su ingreso al Concejo. También juega el control de un área cuya gestión podría quedar bajo revisión cuando deje el cargo. Incluso, en un escenario tan contradictorio como el actual, no faltan quienes imaginan que Calvente podría empujarla a la presidencia del Concejo. Por eso Donati sigue de cerca quiénes podrían ocupar lugares en esa dirección: sabe que allí también se juega poder.
Afuera, además, se dejó ver Jorge “Nene” Carrizo, completando una imagen demasiado cargada como para hablar de coincidencias.
Los Lucero, el nerviosismo y una fractura que ya no parece sólo privada
Lo más delicado de la noche quedó expuesto en audios y videos a los que accedió Ecos Mendocinos. Allí se percibe el nerviosismo de Marcos Calvente en contacto con Fabricio Lucero, director de servicios públicos, su excuñado y concejal electo. Luego, además, este medio confirmó la presencia de Eliana Lucero, exesposa del intendente y hermana de Fabricio.
Ese dato no es menor. Según comentarios y versiones recogidas por Ecos Mendocinos en las horas previas a ese acto, tanto Eliana Lucero como Fabricio Lucero habrían mantenido reuniones previas y sido convocados por Iglesias. Si esa lectura política se consolida, el hecho deja de ser una simple anécdota social. Pasa a mostrar algo mucho más incómodo para Calvente: que la fractura ya no sería sólo íntima o familiar, sino también de alineamiento político. Tampoco pasó inadvertido que, el día de la apertura de sesiones, Fabricio Lucero no estuviera en un acto político clave: estaba de viaje en Brasil.

Los Lucero no sólo estuvieron. También dejaron entrever una cercanía política con Marcelino que fue leída inmediatamente dentro del comité. Mientras a su alrededor se reordenan las lealtades, Calvente absorbe tensión, evita reaccionar y ensaya normalidad, como si todavía pudiera atravesar el desastre negándolo. Ahí aparece uno de los rasgos más problemáticos de su gestión: no acusa recibo, no explica y no muestra conducción ante una crisis que ya lo rodea por todos lados.
Mientras tanto, Melisa Villarroel, directora de Comunicación y Asuntos Institucionales, aparece cada vez más mencionada dentro del municipio no sólo por su cargo, sino por la influencia que tendría sobre el encierro político y comunicacional de un Calvente que ya ni siquiera acusa recibo de su propio deterioro.
Rentas caída, sistema Nómade en crisis y medio gabinete con sello de Iglesias
Todo esto ocurrió mientras la gestión de Calvente seguía haciendo agua. Ese mismo día, según testimonios recogidos por este medio, en Rentas apenas podían emitirse boletos vinculados a licencias de conducir. No se podían consultar deudas ni sostener una operatoria normal. Cerca de las 11 de la mañana, como ya viene pasando demasiado seguido, volvió a caerse el sistema Nómade.
La escena es brutal. Mientras adentro del radicalismo se acomodan filas y viejos jefes vuelven a moverse, la gestión de Calvente no logra estabilizar ni siquiera los servicios básicos que prometió modernizar. Y, sin embargo, el intendente sigue actuando como si el problema fuera siempre de otros. Esa mezcla de improvisación, negación y falta de reacción ya no puede esconderse detrás de actos, anuncios ni fotos.
Pero tampoco puede permitirse que Marcelino quede como salvador. Calvente no cayó del cielo ni apareció por generación espontánea. Fue su Secretario de Obras durante dos mandatos y su heredero político.
Además, Iglesias tampoco dejó una gestión sólida. Tuvo dos gestiones consecutivas y, sobre todo en la segunda, acumuló desaciertos, desgaste y funcionarios cuestionados. Varios de los vicios actuales no nacieron con Calvente. Vienen de una etapa anterior que Iglesias jamás logró ordenar del todo.
Ese dato se vuelve más pesado cuando se repasa quién sigue ocupando lugares clave. Allí aparecen Silvia Donati y su hijo, Pablo Álvarez Donati, Ignacio Conte, Pablo Raddi, Alicia Zárate, Daniel Morales, Ramiro García y Carlos Gatica, todos nombres que remiten, en distinta medida, al armado político que Iglesias dejó incrustado en la estructura municipal.
Entonces, la pregunta cae sola. ¿De qué se intenta despegar Marcelino si su gente sigue adentro manejando el corazón del municipio? Su reaparición no es un gesto de liderazgo. Es una maniobra de supervivencia. No vuelve para hacerse cargo. Vuelve para correrse. Intenta contaminar menos su apellido con un desastre que todavía conserva demasiadas huellas de su propio poder.
Guaymallén ya vio esta película, y terminó mal
La crisis actual también reactiva otro fantasma: la causa Irrigación-Currenti, que muchos en Guaymallén describen como llamativamente dormida. No son pocos los que leen el movimiento de Marcelino como un intento de volver a condicionar el escenario antes de que el derrumbe de Calvente sea total y las esquirlas alcancen a todos. Se disputa el control del daño. Calvente apuesta a la negación. Iglesias, a la huida hacia adelante.
Y como si el desastre político y administrativo no alcanzara, en Guaymallén también empiezan a dejarse ver reflejos de un subsuelo más oscuro: operadores, vínculos y nombres emparentados con ese viejo entramado de impunidad mendocino que durante años funcionó como refugio de poder, apriete y cobertura. Cuando ese barro empieza a mezclarse con una gestión en crisis, la alarma ya no debería encenderse mañana. Debería encenderse ahora.
Y acá aparece un paralelo que en Guaymallén debería encender alarmas. Alejandro Abraham dejó un heredero, Luis Lobos, y cuando todo estalló tampoco pudo lavarse las manos del todo. Porque en política, como en la vida, el heredero también delata al que lo promovió. Hoy Marcelino parece intentar la misma maniobra: despegarse del derrumbe de Calvente como si no llevara su firma en el origen. Pero el antecedente local enseña algo muy simple: cuando el delegado se hunde, el promotor también queda embarrado.
Por eso, lo más obsceno de esta escena no es sólo la fragilidad de Calvente. También lo es la impunidad con la que Iglesias intenta recircularse como actor de peso cuando buena parte del peso muerto de esta gestión todavía lleva su firma. No reaparece para ordenar nada. Reaparece para despegarse.
En este escenario, Guaymallén queda atrapado entre dos miserias políticas. Un intendente que no gobierna, niega y deja que la crisis se agrande. Y un exintendente que busca salvarse del derrumbe ajeno aunque ese derrumbe también lo señale a él. Por eso, el radicalismo local ya no discute cómo mejorarle la vida a los vecinos. Discute cómo sobrevivir a su propia implosión.
Marcelino no volvió a salvar Guaymallén. Volvió a salvarse de Guaymallén.
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Lo volvemos a decir el problema de calvente fue es y será su gabinete que siempre le jugó por atrás y le mintieron y mienten en la cara. Desde sus dos choferes hasta sus propios funcionarios. Sabrá el intendente que las arcas de GUAYMALLÉN están en rojo por la cantidad de gente que su secretaria lembo metió a escondídas de el.