El negocio de la cobardía: cuando en Guaymallén el trabajo sucio siempre lo hace otro

21 abril, 2026Opinión, Política, Portada
Imagen conceptual para la editorial sobre la cobardía institucional y la soledad del periodismo independiente en Guaymallén.

Nota aclaratoria: Este texto no está dirigido al vecino que busca informarse, ni al trabajador municipal que confía en este medio para denunciar lo que el poder oculta. Ustedes son la razón de ser de este diario. Esta editorial va dirigida a los actores de poder, dirigentes y sectores que utilizan nuestra información como herramienta de presión, pero desaparecen a la hora de sostener la libertad de prensa.

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La viveza criolla de mirar desde la vereda

En Guaymallén persiste una costumbre tan antigua como miserable: todos quieren saber, todos utilizan la información y todos comentan en privado. Sin embargo, cuando llega la hora de poner el cuerpo, asumir los costos o comprometerse con la verdad, la mayoría desaparece.

Existe una forma muy local de la cobardía. No siempre se manifiesta con gritos o amenazas; a veces, simplemente observa, espera y calcula. El especulador se limita a mirar cómo otros investigan, cómo otros publican y cómo otros se ganan enemigos, mientras se acomoda en la vereda de enfrente para aprovechar el resultado sin pagar ninguno de los costos asociados.

Esa es una de las peores miserias de la política y de ciertos sectores que rondan el poder en el departamento. La información les resulta útil a todos, pero pretenden que el precio lo asuma siempre el mismo medio. Nuestras notas siempre están firmadas; ponemos el cuerpo en cada palabra como el buen lector merece, marcando una diferencia ética insalvable con quienes operan desde el anonimato.

Abundan los que se indignan en privado y los que envían mensajes, documentos o capturas sensibles. De igual modo, sobran los que consumen cada nota para orientarse o sacar ventaja. Lo que escasea es el coraje: la voluntad de sostener y hacerse cargo de que, cuando alguien realiza el trabajo sucio, no debería quedar solo en la línea de fuego.

Todos quieren saber, pocos quieren comprometerse

Se ha configurado en Guaymallén un ecosistema cómodo para muchos y desgastante para este diario. El mecanismo es simple: Ecos Mendocinos investiga, ordena el caos, cruza expedientes y publica lo que otros ni siquiera se atreverían a leer. Poco después aparecen los oportunistas: aquellos que utilizan los datos para acomodar su discurso según la conveniencia del momento.

Es la “viveza criolla” aplicada al periodismo incómodo. Buscan que la exposición, las amenazas y el costo económico los ponga el diario. Mientras tanto, el sistema resulta perfecto para los que pretenden informarse y operar gratis, sin arriesgar absolutamente nada.

Este modelo no solo es injusto; es funcional al deterioro público. Cuando se espera que “otro” se ensucie, la verdad deja de ser una causa común y pasa a ser un servicio tercerizado que nadie quiere financiar.

El negocio de la cobardía

Resulta irritante ver cómo esta lógica se disfraza de falsa cercanía. Aparece el que elogia el trabajo realizado, o el que envía un dato aislado como si con eso cumpliera una misión histórica. Hay quienes prometen contactos y apoyos que siempre se postergan, mientras la rueda sigue girando con el combustible del esfuerzo ajeno.

Ese es el verdadero negocio de la cobardía: utilizar la valentía del otro como ahorro propio. Evitan poner la cara o recursos, solo esperando a que el barro se convierta en noticia para recoger la utilidad. En Guaymallén, esto sucede con una frecuencia alarmante. Falta la dignidad necesaria para entender que, si un medio sostiene una tarea que todos aprovechan, no basta con una palmada en el hombro en la clandestinidad de un chat.

Lo que se consume “gratis” tiene un costo alto

Existe una confusión interesada que conviene romper: la información no cae del cielo. Detrás de cada investigación hay horas de archivo, chequeo, exposición y un desgaste que es tanto económico como político. Como mencionamos en nuestra editorial anterior sobre la sostenibilidad del diario, mantener este nivel de independencia requiere de un compromiso que ya no puede recaer en una sola persona.

Cuando un ecosistema entero consume este trabajo como si fuera un recurso natural inagotable, no está admirando el periodismo; lo está precarizando. Se comportan como si el diario fuese una cantera de la que todos extraen material sin preguntarse jamás quién sostiene la pala. Tal comodidad es, en última instancia, una forma de corrupción moral.

La peor complicidad no siempre firma decretos

No toda complicidad es abierta. A veces consiste en algo más pequeño y miserable: permitir que un solo medio haga lo que debería importarle a toda la comunidad, para luego seguir de largo.

Esto degrada el tejido social. Se forma un clima podrido donde muchos saben, pero pocos hablan; donde todos leen, pero casi nadie sostiene. El trabajo sucio recae siempre en el mismo lugar, no porque el resto ignore lo que pasa, sino porque entienden el riesgo y eligen, egoístamente, quedarse quietos.

Conclusión

En Guaymallén no falta gente informada; falta gente dispuesta a hacerse cargo de la verdad. Hace falta menos murmullo y más compromiso; menos viveza criolla y más decencia.

Cuando se espera que el trabajo de fiscalización lo haga siempre el otro, el problema deja de ser político para volverse moral. Una sociedad que se acostumbra a esto convierte el coraje en una rareza y la miseria en un método de supervivencia.

Ecos Mendocinos seguirá siendo el refugio de los trabajadores y ciudadanos que buscan transparencia. A ellos nos debemos, y por ellos seguiremos poniendo la firma y el cuerpo en cada investigación. Pero para los “profesionales” del silencio y los dirigentes que especulan con nuestra permanencia, el mensaje es claro: el tiempo del subsidio a la comodidad ajena ha terminado.

La libertad de prensa se sostiene con hechos, no con silencios cómplices.

La Dirección.

Ecos Mendocinos

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