Guaymallén: lo indecente no puede volverse costumbre

Por Néstor Bethencourt
Sueldos recortados, bonos demorados, sistemas caídos, vecinos resignados y un municipio que ya ni siquiera intenta parecer normal. En Guaymallén, el problema no es solo lo que hace el poder. El problema es que la humillación empiece a parecer parte del paisaje.
Una comunidad no se pierde de golpe; se pierde cuando empieza a aceptar como normal lo que la humilla.
Eso es lo que hoy está en juego en Guaymallén. No se trata solo de una gestión mala, desordenada o voraz. Se trata de algo más profundo: un municipio donde el saqueo, la persecución y el miedo empiezan a convivir con una resignación cada vez más pesada.
A los empleados les pagan menos de lo que corresponde, los bonos aparecen tarde o no aparecen, y cuando llegan les exigen soportar controles absurdos para poder verlos. Muchos saben lo que pasa, pero callan por miedo. No es valentía lo que sobra en un municipio que castiga, aprieta y persigue. Lo que sobra es cansancio.
Cuando la humillación se vuelve rutina
Los vecinos también conocen esa sensación. Van al edificio municipal a buscar boletas, muchas veces no se las dan, vuelven a sus casas con la misma bronca y con menos fuerzas. En Corralitos, quienes viven entre cloacas reventadas y calles tragadas por el abandono ya ni marchan. Los amenazan, se cansan, se resignan.
Ahí está el daño más grande. No solamente en lo que destruyen desde arriba, sino en lo que logran quebrar abajo. Porque el peor triunfo del poder no es robar. El peor triunfo del poder es convencer a todos de que ya no vale la pena reaccionar.
En Guaymallén, además, el desastre se acumula sin pudor. Sistemas que no funcionan, áreas paralizadas, expedientes bajo amenaza, obras que no cierran, vehículos en ruinas, contratos que huelen mal y un incendio que cayó justo sobre el corazón del problema. Todo eso ya no parece una suma de errores. Parece un método.
El miedo también gobierna
Los responsables directos tienen nombre. Marcos Calvente, Ignacio Conte y todo el entramado que convirtió al municipio en una maquinaria de relato, negocios y promesas incumplidas. Pero a esta altura también hay que decir algo incómodo: cuando una comunidad mira en silencio cómo la humillan, el sistema encuentra su mejor seguro.
No se trata de culpar a la víctima. Se trata de entender el mecanismo. El miedo organiza. La resignación acomoda. Y el poder avanza.
Mientras unos saquean, otros esperan. Mientras unos destruyen, otros calculan. Mientras unos aprietan, otros se convencen de que resistir no sirve. Y así, lo indecente empieza a parecer normal.
La salida empieza por no aceptar
No hay salida en esperar al próximo salvador, ni al próximo partido, ni al próximo oportunista con otra camiseta. Si solo cambian las figuritas, el saqueo sigue.
La primera reacción digna no exige heroísmo. Exige algo más básico y más difícil: dejar de llamar normal a lo que ya es una vergüenza. Dejar de aceptar la humillación como si fuera parte inevitable de vivir en Guaymallén.
Tal vez el primer gesto de dignidad no sea gritar más fuerte, sino negarse a seguir llamando normal a lo que ya es una vergüenza.
Ánimo, nada es para siempre.
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