Guaymallén en crisis: Porqué Calvente ya no gobierna el relato

5 octubre, 2026 • Opinión, Portada
Guaymallén en crisis con obra de calle Urquiza, proveedores sin pago y la Municipalidad de Guaymallén de fondo.

Proveedores que evalúan irse, obras sin certificación, empleados ajustados, denuncias internas y una gestión que responde con videos mientras los problemas corren más rápido que la propaganda.

Por Néstor Bethencourt

Guaymallén empieza otra semana con una pregunta sencilla: ¿con qué nueva sorpresa aparecerá ahora Marcos Calvente?

La duda ya no nace de una exageración opositora ni de una frase suelta. En las últimas semanas, la gestión municipal mostró una capacidad notable para producir hechos difíciles de explicar y, al mismo tiempo, intentar taparlos con videos, recorridas, placas prolijas o algún relato de ocasión.

El problema es que cada salida hacia adelante parece abrir un agujero nuevo.

Cuando Calvente intenta mostrar control, aparece otra contradicción. Cuando busca instalar eficiencia, surge otro expediente incómodo. Cuando pretende cerrar una discusión, se le abre otra puerta. Y cuando el municipio intenta vender normalidad, la realidad le responde con una velocidad bastante cruel.

La fuga hacia adelante

La gestión parece haber elegido un método: no explicar demasiado, no admitir demasiado y correr siempre hacia la próxima foto. Como si el movimiento permanente pudiera disimular el ruido de fondo.

Pero ya no alcanza.

Guaymallén no atraviesa una semana complicada. Atraviesa una etapa donde los problemas se acumulan, se cruzan y empiezan a producir consecuencias. Algunas ya se vieron. Otras, seguramente, aparecerán en los próximos días.

Por eso esta nota no busca cerrar nada. Al contrario. Busca dejar constancia de un momento político muy particular: la bola de nieve ya empezó a bajar sola.

Ecos Mendocinos no necesita inventar escenarios. Alcanza con esperar. La propia gestión viene haciendo el trabajo.

El municipio que no certifica, no paga y pierde confianza. Guaymallén en crisis

Uno de los datos más delicados aparece en la relación con empresas contratadas por la Municipalidad de Guaymallén.

El caso de Tolcon, firma vinculada a la obra de calle Urquiza, empieza a circular con fuerza dentro del propio municipio. Según información a la que accedió este medio, la empresa habría realizado trabajos en una obra importante, demorada y cercana a su tramo final, pero el municipio no avanzaría con la certificación correspondiente porque no tendría cómo pagar.

No se trata de un detalle administrativo. Una obra puede demorarse por clima, materiales, cambios técnicos o problemas propios de ejecución. Pero cuando el problema empieza a ser que el municipio no certifica lo trabajado porque no puede afrontar el pago, la discusión cambia de escala.

Se habla de caja, planificación, deuda y confianza.

Y Tolcon no sería un caso aislado. Cada vez se escucha con más fuerza que varias empresas evalúan dejar de trabajar con Guaymallén por la desprolijidad y demora recurrente en los pagos. Proveedores que antes buscaban venderle al municipio ahora empiezan a mirar de lejos, hacer cuentas y preguntarse si conviene seguir entregando insumos, servicios u obras a una administración que no garantiza previsibilidad.

Cuando un municipio empieza a perder confianza entre quienes le prestan servicios, le venden materiales o ejecutan trabajos, la crisis deja de ser un rumor de pasillo. Pasa a tocar el funcionamiento real del Estado.

Y a muchos, inevitablemente, esto les empieza a recordar viejas etapas oscuras de Guaymallén, aquellas donde el municipio también acumulaba deudas, proveedores inquietos, desorden administrativo y una sensación de final de ciclo demasiado conocida. Nadie necesita defender gestiones anteriores para advertir que ciertos olores políticos empiezan a repetirse.

El ajuste siempre baja

Mientras tanto, el golpe cae donde casi siempre cae: sobre los empleados municipales y los vecinos.

Los trabajadores vuelven a mirar el bono con bronca. Horas extras que desaparecen, adicionales que se achican, ingresos que no alcanzan y una sensación de castigo permanente. El municipio pide paciencia hacia abajo, pero no muestra austeridad seria hacia arriba.

La crisis la pagan los mismos de siempre.

Los que limpian, atienden, notifican, manejan, inspeccionan, arreglan, cargan expedientes o ponen la cara ante vecinos enojados. Los que no tienen vocero, chofer, prensa ni margen para explicar que todo está bárbaro mientras el bolsillo se les vacía.

A eso se suman versiones internas sobre combustible restringido o directamente cortado durante los últimos días de la semana pasada. Otro dato que, de confirmarse en la práctica diaria, muestra una administración que ya no solo tiene problemas para explicar sus gastos, sino también para sostener cuestiones básicas de funcionamiento.

La realidad no entra en edición

El problema de Calvente no es comunicacional, aunque él parezca convencido de lo contrario. No falta un video mejor, un fotógrafo más atento ni un texto más elegante para redes.

El problema es que la realidad municipal ya no entra completa en la edición.

Quedan afuera el empleado ajustado, el proveedor que no cobra, la empresa que espera certificación, el vecino que reclama una promesa incumplida, la obra demorada, el área que no responde y el expediente que aparece tarde, mal o demasiado oportuno.

También quedan afuera las escenas internas que muestran un municipio cada vez más difícil de gobernar. En los últimos días llegó una denuncia fuerte contra Daniel Infante, capataz general de Espacios Verdes. La presentación señala que habría ingresado a cumplir funciones en condiciones lamentables, vinculadas a excesos de alcohol, y que no sería la primera vez que ocurre. También lo acusan de malos tratos.

El dato importa menos por el nombre propio que por lo que muestra: en Guaymallén, el desorden no aparece solo en los grandes expedientes. También se filtra en los mandos medios, en los sectores operativos y en la convivencia diaria de empleados que después son los primeros en pagar el ajuste.

Los errores ya no son accidentes

Hay otro dato político que conviene mirar con atención. Cuando una gestión se siente impune, suele cometer errores. Pero cuando empieza a sentirse acorralada, los comete peor.

Eso parece estar ocurriendo.

Las decisiones se vuelven más torpes. Las respuestas llegan más apuradas. Los papeles dejan más huellas. Algunos funcionarios empiezan a cuidarse menos o a cubrirse peor. Y lo que antes podía quedar tapado en un expediente, ahora aparece en una publicación, una renuncia, un reclamo, una filtración o una escena absurda.

Es lo que viene pasando.

Por eso esta semana puede ser importante. No porque Ecos Mendocinos tenga que empujar nada. Sino porque la propia gestión parece decidida a seguir fugando hacia adelante, y en esa carrera suele dejar lo mejor de la prueba.

Esperamos el video

Sería interesante que Calvente respondiera las preguntas que siguen pendientes. No con una placa, con una frase armada. No con un video donde todo parece estar bajo control hasta que uno mira lo que ocurre afuera del encuadre.

Una buena oportunidad sería responder, aunque sea una vez, las 28 preguntas que Ecos Mendocinos dejó sobre la mesa. Preguntas sobre sistemas, expedientes, viajes, contrataciones, controles, funcionarios, deudas, áreas sensibles y decisiones que todavía no tienen explicación pública seria.

También podría explicar qué pasó en Ambiente, después de que renunciara la cúpula de esa Dirección en plena crisis cloacal y ambiental. Alcanza con decir por qué se fueron, quién queda a cargo y qué responsabilidad política asume la gestión.

O podría contar qué pasa con los pagos, las certificaciones de obra, los proveedores, el combustible, los empleados municipales y el ajuste que otra vez amenaza con caer hacia abajo.

Material no falta.

El problema no es Ecos Mendocinos

Calvente puede molestarse con este medio, no responder, intentar que el ruido pase. Puede salir a hablar en lugares más cómodos. También rodearse de funcionarios que aplaudan cada movimiento y empleados identificables que defiendan lo indefendible.

Pero el problema ya no es Ecos Mendocinos.

El problema es una gestión que cada vez necesita más relato para explicar menos realidad.

Desde este lugar, la expectativa es simple. Seguiremos mirando. Seguiremos esperando respuestas. Y, si no llegan, seguiremos publicando los hechos que las reemplazan.

Porque Guaymallén entró en una etapa donde cada día trae su propia sorpresa.

La pregunta es cuál será la próxima.

Y, sobre todo, quién la va a firmar.


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