Guaymallén: cuando el empleado deja de tener miedo, el poder empieza a temblar

9 octubre, 2026 • Opinión, Portada
Empleados municipales de Guaymallén frente al edificio municipal en una portada editorial sobre dignidad, salario y miedo

El trabajador municipal está cansado, angustiado y maltratado. Pero también empieza a entender algo: no está obligado a callar, no está condenado a resignarse y no necesita ser cómplice para conservar la dignidad.

Por Néstor Bethencourt

Hay un momento en que el miedo empieza a cambiar de lado.

Durante mucho tiempo, en la Municipalidad de Guaymallén pareció que el empleado común solo tenía dos opciones: callarse o pagar las consecuencias. Callarse ante el maltrato. Callarse ante el apriete, ante el acomodo. Callarse ante los vivos de siempre, esos que se cuelgan de cualquier cargo para cobrar de más, ganar poder, castigar al que trabaja y beneficiar al que mira para otro lado.

Pero algo empezó a moverse.

El empleado municipal está cansado. Está amargado. Está angustiado. Siente que le tocan el sueldo, que le quitan aire, que le piden sacrificios mientras los expedientes muestran otros caminos por donde también se va la plata que después dicen que no existe.

Y ahí aparece una pregunta incómoda para el poder: ¿qué pasa cuando el trabajador deja de sentirse solo?

No todos son lo mismo

Dentro del municipio conviven dos mundos muy distintos.

Está el mundo de quienes hicieron del cargo una ventaja personal. Los que siempre caen parados. Los que saben a quién obedecer, cuándo callar y dónde firmar. Los que usan el miedo como herramienta de control y la necesidad ajena como forma de disciplina.

Y está el otro mundo. El del empleado que solo quiere trabajar, cumplir su horario, sumar alguna hora extra para llevar un mango más a su casa y volver con la frente limpia. Ese que no quiere ser héroe, ni dirigente, ni mártir. Solo quiere que lo respeten.

A ese empleado le hablaron durante años como si pedir dignidad fuera una falta de respeto. Como si defender el salario fuera traición. Como si no aceptar humillaciones lo convirtiera en problemático.

No es así.

Problemático no es quien trabaja y reclama. Problemático es quien administra mal, protege privilegios, tolera corruptelas y después descarga el ajuste sobre el bolsillo del que menos puede defenderse.

Reírse también es recuperar poder

Hay una risa que molesta más que un insulto.

Es la risa del que ya entendió el truco. La del que mira al poderoso de turno y descubre que detrás del tono soberbio, del cargo, del escritorio y de la amenaza, muchas veces hay apenas miedo a que alguien pregunte lo correcto.

Reírse del poder no significa tomarse todo en broma. Significa dejar de mirarlo como si fuera invencible.

El poder municipal necesita empleados tristes, divididos, cansados, culpables y asustados. Necesita que cada uno crea que está solo. Necesita que la bronca quede encerrada en un pasillo, en un mensaje privado o en una catarsis después de horario.

Por eso, cuando el empleado empieza a hablar con documentos, cuando deja de pedir permiso para sentirse digno, cuando entiende que no hace falta ser cómplice para sobrevivir, algo cambia.

El miedo empieza a circular en sentido contrario.

La dignidad también se defiende

No hace falta gritar, romper nada. Ni inventar una épica falsa.

Hace falta algo más simple y más difícil: fijar posición.

Decir “hasta acá” también es una forma de cordura. Pedir explicaciones también. Guardar pruebas también. No prestarse a maniobras también. No aplaudir al que maltrata también. No señalar al compañero que reclama también.

Durante demasiado tiempo, muchos empleados hicieron catarsis en privado mientras muy pocos ponían la cara en público. Eso también debe cambiar.

Porque el salario no se defiende solamente en una paritaria. También se defiende cuando se pregunta por qué falta plata. Cuando se mira un expediente. Cuando se identifica quién cobra de más, quién firma, quién ordena, quién encubre y quién se beneficia.

Defender el sueldo también es defender los recursos públicos.

Lo peor puede ser incierto, pero para los vivos de siempre

El empleado honesto tiene derecho a recuperar algo que le fueron sacando de a poco: la tranquilidad de saberse del lado correcto.

No está mal sentirse angustiado. No está mal tener miedo. No está mal estar cansado. Lo que no puede seguir pasando es que el trabajador honesto crea que la única salida es resignarse.

Los momentos de crisis también ordenan. Separan al que trabaja del que aprovecha. Al que cuida lo público del que lo usa. Al que necesita respeto del que necesita silencio ajeno para seguir cómodo.

Por eso esta etapa puede doler, pero también puede abrir una puerta.

Tal vez lo incierto no sea tan malo para el empleado que hizo las cosas bien. Tal vez lo incierto empiece a ser un problema para los vivos de siempre, esos que durante años creyeron que el municipio era una caja, una guarida o una herencia.

El trabajador municipal no tiene por qué cargar con la vergüenza de otros.

Puede levantar la cabeza.

Puede sonreír.

Y también puede mirar al poder a los ojos, sin insultar y sin agacharse, como quien ya entendió algo fundamental: la dignidad no se mendiga. Se ejerce.

Ecos Mendocinos

3 thoughts on “Guaymallén: cuando el empleado deja de tener miedo, el poder empieza a temblar”

  1. Excelente Nota !!! por más compañeros unidos ,
    ( Si entre ellos se pelean ….lo devoran los de afuera ) ( Martín Fierro ) por lo que es nuestro , Ya Vasta de mirar para otro lado y ser cómplices , pidamos y exijamos lo que nos corresponde !!!

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