¿Debería renunciar Marcos Calvente? Guaymallén acumula motivos

Por Néstor Bethencourt
Durante el último año, Guaymallén acumuló sistemas colapsados, desborde cloacal, socavones, multas cuestionadas, compras millonarias, privilegios políticos y una ausencia alarmante de respuestas. Por eso, la continuidad de Marcos Calvente dejó de ser un tema intocable.
La continuidad de Marcos Calvente ya no debería tratarse como un tema intocable. En Guaymallén se acumuló, durante el último año, una secuencia de hechos graves, documentados y nunca respondidos con la seriedad institucional que el cargo exige. Ecos Mendocinos publicó investigaciones sobre sistemas colapsados, bonos de sueldo trabados, desborde cloacal, socavones, multas sin sustento firme, compras millonarias y una Playa de Secuestros atravesada por robos, descontrol y sospechas persistentes. Mientras tanto, la comunicación oficial siguió mostrando al intendente en actos, repaso de gestión y anuncios para 2026.
El problema ya no es discutir cada escándalo por separado. El problema real es la reiteración, la gravedad acumulada y la casi absoluta falta de respuestas políticas de fondo. Cuando una gestión encadena crisis severas y su máxima autoridad evita explicar, ordenar y asumir responsabilidades, la discusión deja de ser mediática y pasa a ser institucional. No se trata de un capricho. Se trata de preguntarse, con seriedad, si Guaymallén puede seguir siendo gobernado bajo esta lógica de silencio, foto oficial y reacción tardía o nula.
El derrumbe del relato modernizador dejó a Calvente sin defensa

La bomba más fuerte del período fue el colapso del Gen Nómade, presentado como emblema de modernización y luego expuesto como un fracaso operativo de enorme costo político. Ecos Mendocinos publicó que un informe oficial firmado por Diego Lazzaro, director de Innovación y Atención al Vecino de Guaymallén, quién admitió una “falta de capacidad técnica” del sistema, mientras crecían los problemas en Rentas, la emisión de boletas y el vínculo cotidiano con contribuyentes. Esa definición demolió el relato oficial y confirmó que la gestión había vendido certezas donde en realidad existían fragilidad, conflicto y riesgo. Solamente en este tema, hay acumulados casi una veintena de expedientes. Y lo más grave es que el sistema todavía no funciona, como quedó expuesto en la propia imagen que acompaña este tramo.
Ese derrumbe no quedó encerrado en una disputa entre empresas. También impactó sobre empleados municipales y vecinos. Otra nota de este medio vinculó el caos de sistemas con bonos de sueldo que no aparecían, millones en cartelería y el abandono de Los Corralitos. En paralelo, publicamos que algunos empleados debían activar la ubicación del celular para poder visualizar el bono. Una gestión que promete modernización y termina generando opacidad, improvisación y control invasivo pierde autoridad política. Y cuando el intendente no encabeza una explicación proporcional al daño, el problema escala todavía más.
Lo más grave, en términos políticos, fue justamente la reacción. O, más exactamente, la falta de reacción. Mientras documentabamos el fracaso de una apuesta tecnológica millonaria, la web municipal mostraba a Calvente en aperturas de sesiones y anuncios de obras e innovación para 2026. Ese contraste entre el municipio real y la escena oficial ya no es incómodo: es definitorio. Un intendente puede atravesar una crisis. Lo que no puede hacer es gobernar como si la crisis no existiera.
Cloacas, socavones y un departamento que también colapsa en la calle
La crisis dejó de ser invisible cuando se volvió olor, barro y hundimiento. En otra cobertura, Ecos Mendocinos volvió a exponer el desborde cloacal en Los Corralitos como una herida abierta y persistente, ubicada especialmente en la zona de 2 de Mayo y Severo del Castillo. Allí ya no hay relato que alcance ni eslogan que sirva. Hay una crisis sanitaria visible, sufrida por vecinos que conviven con líquidos cloacales, malos olores y abandono estructural. El cuadro no sólo avergüenza. También confirma que el municipio no logra resolver ni explicar con seriedad uno de los problemas más básicos de cualquier gestión.
A ese cuadro se sumó la saga de los socavones en distintos puntos del departamento, asociada al deterioro cloacal y a la pérdida de prioridades reales. Mientras el discurso oficial insistía con orden, gestión e innovación, la calle devolvía otra imagen: hundimientos, roturas y servicios que no logran sostener lo básico. Una gestión puede equivocarse. Lo que no puede hacer es convivir con ese nivel de deterioro sin una reacción política visible, seria y urgente. Cuando el territorio se hunde y la agenda oficial sigue siendo ceremonial, la autoridad del intendente empieza a vaciarse sola.
Playa de Secuestros, camiones y multas que llegaron antes que el control
Otro frente severo fue la Playa de Secuestros de Guaymallén, donde Ecos Mendocinos publicó múltiples investigaciones sobre robo de autopartes, fallas de registro, controles tardíos y una seguridad que no consiguió cerrar un cuadro de desorden persistente. La situación fue descripta como “crónica de un descontrol”, y esa definición no parece exagerada frente a la persistencia del problema. Un predio destinado a custodiar bienes secuestrados no puede transformarse en un foco de sospechas permanentes sin que la responsabilidad escale hasta la conducción política del municipio.
La misma lógica apareció en la saga del Parque Automotor. Allí existen pagos por GPS y seguros de vehículos desguazados. Mientras este medio exponía vehículos cuestionados, controles reactivos y señales de desorden, apareció la compra de camiones por 885 millones de pesos. El dato impactó por el monto, pero sobre todo por el contexto: gastar casi 900 millones mientras seguían apareciendo dudas severas sobre el estado real de la flota y sobre la administración previa de recursos. No fue una compra aislada. Quedó inevitablemente contaminada por el escenario donde fue anunciada y discutida.
A eso se sumó el episodio de las multas del Acceso Este, expuesto como un avance sobre vecinos sin una ordenanza aprobada que diera respaldo claro a la sanción. Después vino el retroceso, la revisión jurídica y el intento de anulación. Primero se castigó; después se revisó el sustento. Esa secuencia revela más que un error puntual. Revela una forma de administrar donde el control llega tarde, cuando el daño político ya estalló y el vecino ya quedó atrapado.
El Hilton, refugio favorito de Calvente y deudor intocable
A esa cadena de hechos graves se suma otro dato políticamente corrosivo: el caso del Hilton Mendoza, señalado por Ecos Mendocinos como uno de los grandes deudores del municipio y, al mismo tiempo, convertido en un escenario habitual de la liturgia oficial y personal de Marcos Calvente. El contraste es brutal. Para algunos vecinos, rigor, presión y sanciones. Para otros, contemplación, demora y alfombra roja. Si el reducto preferido del intendente también aparece ligado a deuda y privilegio, el problema deja de ser tributario. Pasa a ser político.
Porque ahí aparece otra vez la misma lógica de fondo. Calvente elige dónde poner el cuerpo y también dónde mirar para otro lado. El intendente se muestra cómodo en actos, reuniones y eventos en espacios selectos, pero esa comodidad desaparece cuando toca explicar por qué a ciertos contribuyentes se los persigue con dureza y a otros se los deja flotar con una paciencia llamativa. El Hilton parece haber funcionado como refugio preferido de la gestión, pero no precisamente como objetivo prioritario de cobro. Y esa doble vara, en una administración ya golpeada por escándalos, agrava todavía más el cuadro general.
La oposición calla, la ciudadanía se resigna y el problema crece
La crisis se volvió todavía más seria con el caso Luis Antonio Giménez, concejal electo de La Libertad Avanza, presentado por Ecos como una maniobra que rozaba la tentativa de fraude a la administración pública por 27 millones de pesos. No fue una travesura administrativa. Fue otra bomba política de primera línea en una gestión ya golpeada por sistemas caídos, cloacas desbordadas, sanciones cuestionadas y compras millonarias bajo sospecha. Y ni siquiera esa seguidilla provocó una reacción sostenida de la oposición. Esa ausencia es parte del problema, porque le enseña al poder que todavía puede seguir avanzando sin consecuencias políticas inmediatas.
Guaymallén se acostumbró, peligrosamente, a que las malas gestiones se soporten hasta la próxima elección, como si el voto fuera un cheque en blanco por cuatro años. Eso no es salud democrática. Es resignación. Y la resignación siempre favorece al oficialismo de turno, sobre todo cuando ese oficialismo aprendió a reservar la palabra para los actos, las inauguraciones y las fotos lindas, mientras evita responder por los desastres. Discutir hoy la continuidad de Marcos Calvente ya no es un exceso. Es una pregunta institucional plenamente legítima.
En otros países de la región, como Perú y Colombia, existen mecanismos institucionales para discutir la continuidad de autoridades antes de la próxima elección cuando una gestión entra en crisis. En Perú operan figuras como la vacancia municipal y la revocatoria, mientras que en Colombia existe la revocatoria del mandato para alcaldes y gobernadores. Acá, en cambio, parece haberse naturalizado la resignación: aguantar cuatro años, mirar para otro lado y recién reaccionar cuando vuelve el calendario electoral. Para pensar.
La Legislatura, el Concejo Deliberante y los organismos de control podrán seguir mirando para otro lado, pero eso no cambia el fondo. Cuando un intendente aparece para lo decorativo y se ausenta ante lo grave, el silencio deja de ser prudencia. Se convierte en una forma de gobierno. Y cuando esa forma de gobierno convive con sistemas colapsados, cloacas desbordadas, socavones, robos en la Playa de Secuestros, compras millonarias bajo sospecha, sanciones irregulares y deudores VIP tratados con suavidad, el problema ya no es solamente cómo gobierna un intendente. El problema es si todavía conserva legitimidad política, autoridad institucional y respaldo moral suficiente para seguir haciéndolo.
Este planteo no nace de una consigna vacía, sino de una secuencia de hechos de interés público ya documentados por Ecos Mendocinos sobre la base de expedientes, actuaciones y elementos respaldatorios.
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Considero que el intendente, junto con gran parte de su equipo de directores, debería dar un paso al costado ante la evidente falta de capacidad para conducir una gestión ordenada y eficiente. La realidad demuestra, día tras día, un deterioro preocupante en distintas áreas municipales, muchas de las cuales parecen funcionar sin rumbo, sin control y sin conocimiento real de lo que sucede puertas adentro.
Después de tantos años de servicio, sinceramente puedo decir que pocas veces se ha visto un nivel de desorganización, abandono y falta de consideración como el actual. Lo más grave no es solamente la mala administración, sino la absoluta falta de empatía hacia el empleado municipal, que es quien todos los días sostiene el funcionamiento del municipio con esfuerzo, compromiso y responsabilidad.
No resulta justo que las consecuencias de una gestión deficiente recaigan, una vez más, sobre el bolsillo de los trabajadores. Cuando hay errores en la conducción, gastos mal manejados o decisiones innecesarias, no pueden ser siempre los empleados quienes terminen pagando las consecuencias.
Lo que hoy se necesita es orden, conducción, respeto por el trabajador y la posibilidad de desempeñar nuestras funciones en paz, sin incertidumbre permanente ni medidas que perjudiquen a quienes verdaderamente cumplen.
Señor Intendente, aún está a tiempo de actuar con dignidad y responsabilidad institucional. Si no se encuentra en condiciones de revertir esta situación, lo más sensato sería dejar el lugar a alguien con verdadera capacidad, compromiso y vocación de gestión. Al menos, por respeto a quienes todavía seguimos sosteniendo el servicio público y esperamos terminar nuestros años laborales con un mínimo de estabilidad, reconocimiento y tranquilidad.
En situaciones como la que estamos viviendo en la actualidad, Mendoza queda posicionada como la peor provincia de NUESTRO PAIS . Claro esta que nos referimos a las decisiones POLITICAS y a la desigualadad de la poblacion Guaymallina. Vecinos que, cansados de reclamar problematicas cronicas [ calles desbordadas con cloacas, obras de cordon cuneta innecesarias y obras incompletas con hierros que sobresalen generando un riesgo a la comunidad entre otros problemas. FALTA DE FISCALIZACION CON RESPECTO a que vuelquen liquidos cloacales a acequias. La comunidad en general no se siente representada ni por nuestro gobernador ,ni por el Intendente y mucho menos por el Consejo Deliberante que mira hacia otro lado menos a la cuidadania que reclama soluciones inmediatas.