Cuando el miedo viene desde arriba

Por Néstor Bethencourt
El miedo institucional no aparece de golpe. Baja desde el poder, entra en las oficinas y termina callando a quienes deberían hablar.
El país del “no digas nada”
Este país no nació para vivir con miedo. Mendoza no se construyó con empleados callados, vecinos asustados y funcionarios intocables. Ningún municipio fue creado para que la gente pida reserva antes de contar lo que pasa. Cuando una comunidad empieza a hablar en voz baja, el problema ya no es individual. Es político, institucional y profundamente humano.
En muchas zonas ocurre lo mismo, aunque cambien los nombres, los cargos y los edificios. La gente cuenta abusos, aprietes, destratos, irregularidades o desmanejos, pero siempre agrega una frase dolorosa: “por favor, no digas que fui yo”. Esa frase no es prudencia. Es una alarma. Es la prueba de que algo se pudrió demasiado arriba.
El miedo no necesita estar escrito en un decreto. A veces baja como mirada, como traslado, como llamado incómodo o como amenaza disfrazada. También baja cuando todos saben quién aprieta, quién humilla, quién protege y quién mira para otro lado. El abuso no sobrevive solamente por quien lo ejerce. También sobrevive por quienes lo administran en silencio.
Por eso la pregunta ya no es si existe un jefe tóxico, un funcionario soberbio o una autoridad que confunde poder con impunidad. La pregunta real es más dura: cuántos sostienen ese sistema con su silencio. Porque todos hablan en privado, todos conocen una historia y todos saben algo. Pero cuando llega la hora de sostener la verdad, aparece el miedo como pared.
El silencio también tiene responsables
Nadie puede exigir heroísmo a un trabajador que necesita cuidar su empleo. Nadie puede pedir valentía perfecta a quien tiene familia, sueldo y responsabilidades. Pero tampoco podemos seguir llamando prudencia a la rendición cotidiana. El silencio impuesto no es paz institucional. Es sometimiento administrado con sello oficial.
Cuando una persona habla sola, el sistema puede aislarla, ensuciarla o presentarla como conflictiva. Cuando muchas callan juntas, el sistema se agranda. Pero cuando varias voces se animan a coincidir, el miedo empieza a cambiar de vereda.
Ahí nace la dignidad colectiva, no como consigna linda, sino como defensa real frente al abuso.
Ese es el punto que algunos poderes no soportan. No temen a una queja aislada, porque siempre pueden minimizarla. Temen a la acumulación de verdades. Temen a los documentos, a los testimonios, a las coincidencias y a la memoria. Y temen cuando el “a mí también me pasó” empieza a escucharse demasiado fuerte.
Esta discusión no pertenece solamente a Guaymallén, aunque Guaymallén hoy sea un caso evidente. Pasa en municipios, organismos, oficinas públicas y estructuras donde el miedo se volvió forma de gobierno. Cambian los protagonistas, pero el mecanismo suele repetirse. Primero te callan, después te aíslan y finalmente pretenden convencerte de que hablar no sirve.
La pregunta que incomoda
También corresponde mirar el rol de cierta prensa. Porque cuando la agenda mediática se detiene en la supuesta gripe de Marcos Calvente, pero evita reflejar las barbaridades que ocurren en Guaymallén, algo está profundamente enfermo. No se trata de negar la salud de nadie. Se trata de entender qué se decide mostrar y qué se decide esconder.
¿En serio una gripe, como la que dicen que tiene Calvente, merece más espacio que el miedo de trabajadores, vecinos y ciudadanos? ¿En serio algunos medios creen que eso importa más que los abusos, los silencios, los desmanejos y la angustia de tanta gente? Si la fiebre del poder tapa la fiebre institucional, el periodismo también tiene que mirarse al espejo.
Porque el miedo no se combate con comunicados prolijos ni con notas cómodas. Se combate mostrando lo que incomoda, preguntando lo que molesta y sosteniendo a quienes no pueden hablar con nombre propio. El periodismo no está para cuidar el descanso de los funcionarios. Está para cuidar el derecho de la gente a saber.
Todo puede cambiar
Pero no todo está perdido. Cada testimonio que aparece, cada dato que se confirma y cada documento que sale a la luz rompe un pedazo de esa pared. El miedo parece enorme cuando cada persona lo enfrenta sola. Pero se achica cuando la verdad encuentra otra verdad al lado. La salida empieza cuando alguien deja de decir “no digas nada” y empieza a decir “basta”.
¿Se dan cuenta dónde hemos llegado, si una gripe pesa más que el miedo de todo un pueblo?
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