Guaymallén: Cecilia Tamarit, la médica a la que se le moja el alma de tanta incomprensión y desprecio

Una publicación de Cecilia Tamarit en Facebook permite acercarse a la persona que muchos conocieron como médica en Guaymallén. Su indignación frente al desprecio, la conciencia de sus propias oportunidades y su manera de acompañar revelan una humanidad que merece ser contada.
Columna personal | Por Néstor Bethencourt
Cecilia Tamarit publicó en Facebook un escrito sobre sus antiguos compañeros, empleados municipales que permite conocer mucho de ella misma. Empieza evocando El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano, y explica enseguida qué la llevó a recordarlo:
«Recordé a Galeano leyendo los comentarios de porquería sobre los agentes municipales».
Su indignación tiene la cercanía de quien se metió en el barro y acompañó a personas que viven con lo justo. Conoce ese esfuerzo de trabajar, recortar necesidades y volver a encontrarse con que el dinero sigue faltando.
En medio de esa reflexión, Cecilia cuenta que escribe mientras espera pacientes, a resguardo de un día de lluvia. Entonces deja una frase que parece reunir toda su manera de sentir:
«Porque puedo escribir calentita mientras espero pacientes, en un día de lluvia, donde me mojo el alma de tanta incomprensión y desprecio», agrega.
Está bajo techo y el dolor ajeno igual encuentra por dónde entrar. Esa imagen tiene algo profundamente suyo: la dificultad de permanecer cómoda cuando sabe que alguien la está pasando mal.
Trabajé con Cecilia en la Municipalidad de Guaymallén y desde esa experiencia puedo dar fe de su integridad. Es la persona más íntegra que conozco y una de las funcionarias más humanas con las que me tocó trabajar.
La cercanía desde la que escribe Cecilia
En su publicación aparecen maestras que deben encontrar una sonrisa para cuidar a los chicos, aun cargando sus propias preocupaciones. Cecilia se detiene en ese esfuerzo de ofrecer ternura mientras también se intenta sostener la propia vida.
Recuerda al personal que limpia cunetas, dirige el tránsito bajo temperaturas extremas o recorre las fincas llevando vacunas. También menciona a quienes escuchan denuncias de violencia y después deben continuar con historias que les quedaron atravesadas.
En esa enumeración se reconoce la mirada de la médica: advierte el desgaste, la exposición y aquello que una persona lleva consigo al volver. Su sensibilidad alcanza tanto al cuerpo que trabaja como a las preocupaciones que lo acompañan durante la jornada.
La carta de una trabajadora municipal publicada por Ecos Mendocinos refleja el clima de angustia en el que aparece su reflexión. Cecilia escribe desde el conocimiento cercano de esas dificultades y desde el vínculo que conserva con quienes fueron sus compañeros.
Durante la pandemia, su disposición a acompañar tuvo una expresión que muchos empleados pudieron conocer en sus días más difíciles. Se ocupó personalmente de pacientes y familias, escuchó sus preocupaciones y ofreció contención cuando la enfermedad también significaba miedo.
Los fundamentos de un reconocimiento legislativo a Cecilia Tamarit dejaron asentada su comunicación personal y sin horarios con quienes necesitaban esa atención. El documento también recoge que el personal a su cargo había pedido distinguirla por aquella tarea.
Cuidar a todos con la misma dedicación era una convicción suya, independiente del puesto que ocupara la persona o de sus ideas. Su escrito de ahora conserva esa preocupación por acercarse a lo que le pasa al otro.
Qué hacer con las oportunidades recibidas
Hay un pasaje en el que Cecilia se mira a sí misma con una honestidad especialmente valiosa. Reconoce cuánto influyó el lugar donde nació en las oportunidades que tuvo y pudo aprovechar a lo largo de su vida.
Esa conciencia aparece cuando se pregunta qué hacer con lo recibido y responde con una sencillez que permite comprenderla mejor:
«El tema es qué hago con las oportunidades que la vida me dio y yo he sabido aprovechar. En mi caso personal la utilizo para ayudar, para que todos los que puedo lleguen a la meta».
En esas palabras está la médica que encontró un camino y puso lo aprendido a disposición de otras personas. La posibilidad de estudiar, progresar y ejercer una profesión se vuelve, en ella, una herramienta para ayudar a que alguien más avance.
Por eso le importa tanto el esfuerzo de quienes quieren que sus hijos encuentren oportunidades que ellos tuvieron limitadas. Su escrito vuelve sobre ese deseo de crecer y sobre cuánto puede doler que otros lo miren con desprecio.
En Cecilia conviven la ternura y una indignación muy concreta: le duele la crueldad hacia personas cuyas dificultades conoce de cerca. También sabe que las oportunidades recibidas traen consigo una responsabilidad frente a quienes tuvieron que recorrer caminos más duros.
Esa manera de entender su lugar explica mucho de lo que hizo como médica y de lo que expresa en su publicación. El reconocimiento que merece está en esa coherencia entre su palabra, su conducta y su disposición a acompañar.
Un abrazo que también llegue a Cecilia
Cecilia ha atravesado años familiares difíciles que llevó en silencio, mientras seguía conservando un lugar para las preocupaciones ajenas. Hay algo muy suyo en esa sensibilidad que permanece abierta incluso cuando la propia vida también necesita consuelo.
Su publicación tiene momentos de bronca, preguntas que interpelan y recuerdos de tareas que conoce por haber estado cerca. Al llegar al final, elige despedirse con palabras de respeto, gratitud y admiración hacia quienes compartieron aquellas jornadas.
Leerla permite reconocer a una mujer que sigue sintiendo el vínculo con su gente y conserva la voluntad de acompañarla. También invita a pensar cuánto bien puede hacerle recibir algo del afecto que ofreció durante tantos años.
Cecilia merece un apapacho, como esos que a ella le gusta dar y que alivian sin exigir demasiadas explicaciones. Una cercanía que le permita sentirse escuchada con la misma atención que supo poner en los demás.
Cecilia, hay mucha gente que recuerda cómo la cuidaste cuando tenía miedo. Ojalá ese cariño llegue hasta vos y te abrace con la misma ternura que supiste dar.
Néstor Bethencourt
Ecos Mendocinos
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