Estamos rodeados de tarambanas, ¿o somos nosotros?

En Guaymallén pasan cosas tan grotescas que ya casi no sorprenden; a veces dan bronca, otras veces dan risa, y muchas dan ganas de apagar el celular. Por Redacción.
Mientras los errores de las autoridades municipales se multiplican, la reacción del ciudadano común se resume, demasiadas veces, en un largo bostezo cívico. Entonces aparece la pregunta incómoda: ¿estamos rodeados de tarambanas o, en una versión más honesta, los tarambanas también somos nosotros?.
Cuando todo se tapa y nada se cae
En Guaymallén los últimos meses vimos de todo: multas sin ordenanza, expedientes que aparecen cuando ya salió la nota, auditorías que describen desastres y terminan guardadas, compras extrañas para fiestas y otros lujos pequeños que siempre parecen más urgentes que las cloacas o las piletas.
La parte más inquietante no es solo lo que hacen arriba, sino lo que no pasa nunca: no hay renuncias serias, no hay sanciones ejemplares, no hay conferencias con documentos sobre la mesa y preguntas incómodas respondidas de frente.
Hay sonrisas de ocasión, comunicados que hablan de bienestar general y un relato oficial en el que todo es una genialidad técnica, salvo por ese pequeño detalle de la realidad que se empeña en contradecirlos.
Mientras tanto, el sistema municipal sigue igual. Los que firman siguen firmando, los que no controlan siguen controlando y los que deberían explicar se esconden detrás de frases armadas que casi nadie escucha, pero todos soportan en silencio para no complicarse la mañana.
Elecciones, ausentismo y el cuento de las urnas
Hace un par de semanas hubo elecciones en algunos municipios y, otra vez, récord de gente que no fue a votar. Una montaña de ausentes, votos en blanco, cansados y descreídos decidió que el domingo tenía prioridades más urgentes que entrar al cuarto oscuro.
A pesar de eso, los frentes salieron a decir “ganamos” con cara de epopeya y hablaron de legitimidad, incluso cuando los porcentajes reales, sobre el padrón completo, daban más para reunión de consorcio que para fiesta épica.
Durante años nos vendieron la versión confortable de que todo se arregla en las urnas, como si marcar una cruz cada cuatro años fuera una limpieza profunda del sistema. El problema es que la realidad no permite apretar pausa hasta la próxima elección: las multas sin ordenanza, las compras dudosas y las auditorías dormidas se pagan ahora, no en el próximo comicio.
Tarambanas arriba, tarambanas abajo
La frase “estamos rodeados de tarambanas” tiene su encanto porque permite imaginar que el problema está siempre en otro lado: los que mandan, los que cobran sueldos enormes, los que no pisan la vereda salvo cuando hay cámara. Y es verdad que arriba sobra gente que firma sin leer, controla sin mirar, justifica cualquier disparate con un guiño cómplice y se aferra a su sillón como si fuera patrimonio familiar.
Pero sería demasiado cómodo dejar todo ahí. También hay tarambanas abajo, en versión más discreta pero bastante efectiva. El vecino que ve algo raro y dice “mejor no me meto, que después te marcan”. El que sabe que lo que le están cobrando es injusto, pero igual paga porque “no tengo ganas de andar peleando”. El que se indigna solo en la sobremesa, sin leer documentos ni acompañar a quien sí se anima a firmar una denuncia o ir a una audiencia pública.
No se trata de repartir culpas como si fueran bombones, pero sí de aceptar una parte de la realidad: la pasividad también es una forma de participación, solo que a favor de quien ya tiene el poder.
Dejar de mirar para otro lado (aunque sea un rato)
Puede que mucha gente esté agotada, con varios trabajos, preocupada por la inflación, los hijos, el alquiler y la salud. La política municipal parece un ruido más en una radio saturada de problemas. Sin embargo, mientras la mayoría corre para llegar al día siguiente, otros tienen tiempo y herramientas para acomodar presupuestos, premios, contratos y pequeñas correcciones administrativas. Si la cancha la usan siempre los mismos, no sorprende que los goles los hagan ellos, aunque el resultado lo paguemos todos.
No hace falta convertirse en héroe ni vivir en el Polo Judicial. A veces alcanza con leer una nota completa antes de opinar, compartirla con alguien que nunca se entera de nada, acompañar un reclamo, preguntar qué pasó con determinado expediente, exigir que los errores tengan consecuencias reales y no solo comunicados elegantes.
Mientras eso no ocurra, las gestiones seguirán probando el límite, como chicos con fósforos en una estación de servicio, y nosotros seguiremos repitiendo, con media sonrisa amarga, que estamos rodeados de tarambanas, sin terminar de admitir que, si no hacemos nada, el club tiene más socios de los que queremos reconocer y la cuota se paga todos los días.
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