Testimonio exclusivo: Fue reconocida por salvar vidas en el triple femicidio del barrio Trapiche y usada como símbolo por gobiernos que hoy la desprecian. Ahora, como policía en actividad, Alejandra Rey denuncia hambre, hostigamiento y abandono institucional en la Policía de Mendoza, mientras la tildan de “loca” y “desequilibrada”. Por Néstor Bethencourt

Durante veinte años, Alejandra Rey tuvo vidas en sus manos y eligió salvarlas, aun a costa de su propia carrera.
Fue protagonista del caso Trapiche, recibió reconocimientos oficiales y hoy la tratan como molestia dentro de la institución.
Denuncia hambre, hostigamiento, pobreza y abandono institucional en la Policía de Mendoza.
Ahora algunos intentan reducirla a la etiqueta de “loca mala”.
Su historia completa la desmiente.
“Una persona que dedicó su vida al bien de todos”
Cuando se le pregunta quién es hoy, sin rango ni uniforme, Alejandra Rey no duda ni un segundo.
Define su propia identidad con una frase simple y brutalmente clara:
“Un ser humano que dedicó su vida para el bien de todos, a pesar de las consecuencias.”
Agrega que siempre dio todo de sí, “para que todos estén bien”, aun cuando eso implicara pagar precios personales altísimos.
Las frases entrecomilladas de esta nota surgen de un intercambio reciente que Rey mantuvo en forma exclusiva con Ecos Mendocinos.
Respondió por escrito un cuestionario extenso sobre su historia personal, su carrera policial y su presente de conflicto con la institución.
Durante veinte años de servicio, tuvo vidas literalmente en sus manos, en situaciones que jamás llegaron a los titulares.
Ella lo resume con una frase que abarca mucho más que un caso emblemático:
“Todas las vidas que tuve en mis manos y tuve la oportunidad de salvar, aparte del hecho del barrio Trapiche.”
Recuerda también a “todos los ciudadanos que pude ayudar de todas maneras durante 20 años de carrera”.
No habla como quien se cuelga medallas para la foto, sino como quien carga una mochila pesada.
En su relato aparece algo que los expedientes rara vez registran: el vínculo que continúa después del operativo.
Ella misma lo explica:
“Sí, permanentemente hasta el día de hoy. Nunca dejé de acompañarlos y verlos crecer a todos.”
Quienes estuvieron al borde de la muerte y pasaron por sus manos no son números ni estadísticas.
Son personas concretas, con rostro, nombre y vida propia, a las que ella sigue cuidando, mucho después de apagadas las sirenas.
Una relación previa y un conocimiento en terreno
Quien firma esta nota conoció a Alejandra Rey mucho antes de Trapiche y de sus reclamos actuales.
El vínculo se dio en la Municipalidad de Guaymallén, cuando este cronista era subdirector en la entonces Dirección de Comercio.
En ese contexto, Rey prestaba servicios como personal policial asignado al acompañamiento de inspectores en operativos callejeros.
No hubo amistad íntima ni militancia compartida, pero sí algo fundamental: verla trabajar en territorio, sin focos ni discursos.
Se la vio interactuar con comerciantes, contribuyentes y vecinos, en escenarios donde la presión es diaria y la improvisación peligrosa.
Esa experiencia permite afirmar que la imagen de “loca mala” o “desequilibrada” que algunos intentan instalar hoy no coincide con aquella profesional.
Ya entonces cumplía su tarea con firmeza, criterio y sin necesidad de imponer respeto mediante gritos o prepotencia.
El contraste entre aquella Alejandra de calle y la caricatura actual dice más de la institución que de ella.
El triple femicidio del Trapiche: horror, gas abierto y cuatro niños vivos
En octubre de 2016, el triple femicidio del barrio Trapiche sacudió a Mendoza y al país entero.
En una casa de la calle Entre Ríos, en Godoy Cruz, fueron asesinadas Claudia Arias, su tía Marta Ortiz y su abuela Silda Díaz.
El agresor, ex pareja de Claudia, abrió las llaves de gas y dejó tres velas encendidas sobre una mesa, intentando provocar una explosión.
Adentro seguían los hijos de Claudia, entre ellos un niño que logró esconderse y una beba de pocos meses.
Los primeros en llegar fueron dos policías; una de esas personas fue Alejandra Rey.
Ella y su compañero rompieron la puerta, entraron a la vivienda saturada de olor a gas y buscaron a los chicos entre el caos.
Los sacaron con vida para que fueran atendidos de urgencia en el hospital, evitando una tragedia aún mayor.

Alejandra no quiere convertir ese hecho en espectáculo ni consumo morboso.
Pero sabe que ese caso la marcó para siempre y explica, en gran parte, quién es hoy dentro de la fuerza.
Cuando se le pide que elija un solo momento de aquel horror, responde sin rodeos:
“Vivimos una casa llena de terror absoluto, muerte y destrucción, y después de eso hay cuatro niños vivos y a salvo.”
No entra en detalles escabrosos ni describe cuadros imposibles de borrar.
Prefiere condensar todo en una idea: una casa con gas abierto, olor a muerte y cuatro niños que sobrevivieron.
Ahí está el núcleo de su identidad profesional: entrar donde nadie quiere entrar y salir con vidas rescatadas.
También está la responsabilidad de decidir en segundos.
Lo explica con la calma de quien ya revivió ese momento cientos de veces:
“Mi carácter y mi instinto primero, y en el momento interponer mi formación para lograr que esas vidas se salven.”
Agrega que, al entrar a la casa, “lo único que tenía en la cabeza, viendo tanto horror, era que había vidas que dependían de mis decisiones.”
Detrás del uniforme no hay épica vacía.
Hay algo mucho más difícil de soportar: saber que cada movimiento puede significar vida o muerte para alguien más.
Reconocimientos: gratitud verdadera y campañas ajenas

La trayectoria de Rey no pasó inadvertida para todos los gobiernos de turno.
Recuerda con claridad su primer reconocimiento formal dentro de la fuerza:
“Fue en octubre de 2010, al ser reconocida como profesional por mi labor constante.”
Ese hito tuvo además una carga simbólica fuerte:
“Dentro de cuerpos especiales, fui la primera mujer en ser reconocida por mi función.”
Después llegaron otros premios y menciones públicas.
Intendentes de distintos departamentos y gobiernos de diferentes colores políticos utilizaron su historia como ejemplo.
Ella misma lo describe:
“Varios reconocimientos legítimos de intendentes, reconocimientos de distintos gobiernos por mi función.”
Pero también aparecieron las utilizaciones más cínicas, donde su nombre servía como combustible de campaña.
“Otros tantos que la misma institución policial, por intermedio de políticos, usaron como campaña.”
Alejandra no se victimiza, aunque ve con claridad el mecanismo.
Explica que eligió tomarlo de una manera particular:
“Yo lo tomé como que gracias a mi desempeño ellos lo usaran como campaña.”
Sin embargo, deja claro cuáles son los reconocimientos que realmente valora:
“Para mí los verdaderos son ver que esos niños que tuve en mis manos hoy son hombres y mujeres llenos de vida.”
Entre diplomas, actos y fotos oficiales, ella se queda con esa imagen silenciosa.
Chicos que crecieron, estudian, trabajan y arman sus vidas porque alguien decidió, un día, entrar a la casa equivocada.
“Ese fue el principio del fin de mi carrera”
La institución que la levantó como ejemplo no supo qué hacer cuando su figura empezó a incomodar.
Alejandra lo describe sin filtro:
“Desde el protagonismo que ellos mismos me dieron en el caso del triple femicidio del Trapiche, no calcularon algo.”
Ese “algo” fue decisivo:
“No calcularon que tanta gente se solidarizara conmigo y los dejara a ellos de lado.”
Ahí, según su mirada, se abrió una etapa distinta:
“Ese fue el principio del fin de mi carrera.”
Cuando habla de “ellos”, se refiere a la conducción de la fuerza y a los jefes que manejan la botonera institucional.
Agrega un detalle que duele pero clarifica el conflicto:
“Ellos no pudieron figurar. Nunca entienden que no fue porque yo quise figurar; yo prioricé vidas a través de mi trabajo.”
La policía que servía para la foto y para los discursos de ocasión empieza a ser vista como problema.
La solidaridad social se dirige a ella, no a la pirámide de mandos.
La exposición de su nombre deja en evidencia la opacidad de otros.
La respuesta de la estructura, con el tiempo, fue la previsible: cerrar filas y apuntar contra la persona incómoda.
Hambre, hostigamiento, pobreza y corrupción
Alejandra pudo haberse quedado en el recuerdo del heroísmo y los actos protocolares.
Sin embargo, su carácter y su experiencia la empujaron a mirar hacia adentro y hablar de lo que muchos callan.
Lo sintetiza así:
“Mi forma de ser, mi carácter y mi experiencia en la fuerza me llevan a cuidar a los míos a cualquier precio.”
Dice que eso la caracterizó siempre y que se forjó entre “todas las nefastas experiencias que viví y vivo dentro de la fuerza policial.”
Cuando se le pide que resuma la situación de muchos policías hoy, la respuesta es directa:
“Hambre, hostigamiento, pobreza, abandono institucional.”
No hay metáforas amables ni rodeos técnicos.
Hay una descripción de la intemperie cotidiana que padecen quienes sostienen la calle.
La incomodidad crece cuando cuenta parte de su trabajo investigativo dentro de la propia fuerza.
Explica que realizó investigaciones para combatir la delincuencia en distintos ámbitos.
Y que, en ese camino, no solo encontró delincuentes en la calle.
Lo dice sin rodeos:
“Encontré dentro de esas investigaciones jefes y políticos que eran la base de esa delincuencia.”
Esa frase condensa un conflicto profundo:
¿qué hace un policía cuando su propia investigación apunta hacia arriba, hacia la conducción y hacia el poder político?
En ese cruce, el uniforme deja de proteger y puede convertirse en un blanco.
Traición, abusos y el cuerpo que pasa factura
Las consecuencias de su postura no fueron solo administrativas ni financieras.
También golpearon su salud física y mental.
Ella misma lo explica:
“Lo económico afectó mi salud, pero lo que más me hirió es la traición.”
Enumera, además, el tipo de violencia que percibe dentro de la institución:
“El abuso tanto mental como físico por superiores y el desprecio de mi trayectoria.”
No se trata solo de un sumario, una sanción o algunos días sin sueldo.
Se trata de comprender que, mientras alguien ponía el cuerpo en cada operativo, otros estaban dispuestos a usarla y descartarla.
Su familia padeció esa tensión en primera fila.
Alejandra lo cuenta con nombres concretos:
“Preocupación de toda mi familia: mi padre, hermanos, mi pareja, que es quien me cuida, y sobre todo mi hijo.”
Ese hijo le repitió durante años la misma frase, por miedo a perderla:
“Todo el tiempo me pedía que me fuera de la fuerza por mi seguridad.”
Hoy ya es un hombre y, según ella, sigue viendo “lo que pasa” muy de cerca.
Durante mucho tiempo pensó seriamente en dejar todo desarmado.
¿Qué la frenó?
Lo explica en dos planos:
“Pensar en todo lo que logré en 20 años, que no tenía que dejar que se perdiera.”
Y agrega algo igual de importante:
“El pedido de ayuda de los compañeros.”
Entre esos dos factores, la renuncia total quedó en suspenso.
La pelea siguió, aunque los costos aumentaran.
El presente: policía en actividad y voz de quienes no pueden hablar
La historia de Alejandra no se narra en pasado, porque sigue siendo policía en actividad.
Hoy su presente está atravesado por una lucha abierta por sus derechos y por los de muchos otros policías.
En esa pelea se convirtió en una referente incómoda para parte de la estructura.
Representa a policías que viven situaciones similares, pero no pueden dar la cara por miedo a sanciones como las que ella padeció.
También acompaña a efectivos retirados que quedaron fuera del sistema, y a familias que cargan las secuelas de años de servicio.
Ese rol se hizo todavía más visible con la convocatoria del 11 de febrero pasado.
Ese día, policías en actividad, personal penitenciario y familiares se movilizaron hacia la Legislatura de Mendoza.
Reclamaron por salarios, equipamiento, condiciones laborales dignas y respuestas políticas concretas.
Ese 11 de febrero, además de acompañar la movilización, Alejandra Rey presentó por escrito un reclamo formal ante el Gobierno provincial. El texto resume las mismas denuncias que sostiene en esta nota: salarios que no alcanzan, equipamiento insuficiente, hostigamiento interno y abandono institucional hacia policías en actividad, retirados y sus familias.
Organizaciones como la Asociación de Esposas y Familiares de Policías de Mendoza y el espacio Fuerzas Argentinas Unidas difundieron el reclamo.
Advirtieron que, a 24 horas de la presentación, seguían esperando una respuesta formal de la ministra a esos planteos, elevados en nombre de la Policía de Mendoza.
En ese contexto, según relatan allegados a Rey y dirigentes de esos espacios, la propia ministra habría llegado a descalificarla en privado como “desequilibrada”.
Esa etiqueta se suma a otras que circulan dentro de la fuerza, como “loca” o “conflictiva”.
Para Alejandra, esos calificativos confirman que el problema real no es lo que hizo en servicio, sino que hoy se anime a nombrar lo que muchos viven y no pueden decir.
Mientras una parte de la estructura elige el silencio para sobrevivir, ella asume el costo de hablar en público.
Su voz no se presenta como única ni como verdad absoluta.
Se posiciona como la de alguien que se pone al frente por quienes no pueden exponerse sin arriesgar trabajo, salud o estabilidad familiar.
Lo que espera que cambie y lo que quiere que quede
Cuando se le pregunta si valdría la pena que otro policía se anime a hablar a partir de su historia, responde sin titubeos:
“Definitivamente sí, porque vería un despertar dentro de la fuerza después de años de abuso, hostigamiento y corrupción.”
No pide monumentos ni homenajes vacíos.
Pide algo mucho más incómodo para el poder:
“Una disculpa, pero real, no una palmadita en la espalda.”
Aclara que no la reclama solo para sí:
“No solo a mí, sino a todas las familias de todos los efectivos que han perdido su vida dentro de la institución.”
También piensa en los chicos que alguna vez sostuvo en brazos, en medio de aquel horror y del olor a gas.
Imagina que algún día podrían leer su nombre o esta nota.
Para ellos deja un mensaje muy distinto al que hoy algunos intentan pegarle:
“Que sepan que di todo de mí para que ellos sepan que hubo alguien que siempre los cuidó.”
Agrega, casi como promesa personal:
“Y que los cuidará siempre.”
En un sistema que intenta encapsularla en estereotipos —“loca”, “mala”, “conflictiva”, “desequilibrada”—, la propia biografía de Alejandra Rey funciona como antídoto.
Durante años entró donde otros no querían entrar, cargó vidas ajenas entre los brazos y tomó decisiones imposibles en segundos.
Lo hizo como policía, pero sobre todo como persona que eligió priorizar vidas antes que carreras.
Hoy, cuando levanta la voz contra el hambre, el hostigamiento y la pobreza que golpean a muchos policías, la reacción de parte de la estructura es intentar desacreditarla.
Sin embargo, la historia completa muestra otra cosa.
No están frente a una “loca mala”. Están frente a alguien que ya demostró algo: cuando todo se desordena, su reflejo es siempre el mismo.
Cuidar a los demás, aunque el costo lo pague ella.
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Tuve la oportunidad de trabajar junto a la oficial Rey en algunas oportunidades. No solo el manejo de la calle la distinguía. El coraje y la templanza para lidiar con los ” elementos conflictivos” era admirable. Pero lo más destacable de esta oficial era su tremenda humanidad, su empatía y solidaridad para con el otro. Es un ser humano fuera de serie. Mis incondicionales respetos a su persona.